15/11/10

Fragmentos de Las noches oscuras del alma (x)




Atrapados

Al hombre que espera que su triángulo amoroso estalle y dé paso a una relación sexual y una vida satisfactorias, yo le aconsejaría: “Viva más generosamente en todos los ámbitos. La obstinada resistencia de su amada a rendirse al amor que siente usted por ella refleja su propia resistencia a la vida”. Quizá la solución definitiva a un triángulo amoroso no sea un nuevo matrimonio, sino una nueva forma de participar en la vida. El amor no pretende aplacar las turbulencias que usted experimente. Desea prosperar a través de las parejas, las familias, las comunidades. En última instancia desea que usted conecte con la fuente de la vida. El hecho de que se encuentre estancado en un callejón sin salida quizás indique los límites de su imaginación. Tenga presente que el amor no se refiere a usted, sino al mundo.

Como psicoterapeuta, procuro no ofrecer falsas vías de escape de los atolladeros y las trampas sentimentales. Mi deber es cuidar del alma, no dirigir la vida de una persona. Es tentador convertirse en héroe y salvador, pero poner un mínimo de orden en una vida no es lo mismo que proporcionar al alma lo que necesita. Quizá necesite un caos más intenso, un callejón sin salida más profundo y una mayor oscuridad.

A la mujer atrapada en su amor por un hombre egoísta que permanece alejado de ella, emocional y físicamente, le aconsejaría: “Ame su vida sin reservas. La indiferencia de ese hombre refleja su propia incapacidad de amarse a sí misma y su vida. Tiene que descender a los infiernos para averiguar lo que ocurre. Confiar en que otra persona la ame no es vivir. Cuando deje que su vida fluya libremente, tendrá más probabilidades de atraer al hombre que le conviene”.

Al hombre que no consigue medrar en su vida profesional y está obsesionado con la supuesta infidelidad de su esposa, le aconsejaría: “Madure. Descubra la satisfacción de esforzarse en realizar bien su trabajo. Tenga presente que si no trata de forzar ni manipular a las personas para que le amen, le ofrecerán un cariño sincero y leal. Cuanto más se afane en controlarlo todo, menos probabilidades tendrá de conseguir lo que ansía. Nadie puede proporcionarle una sensación de seguridad. Tiene que alcanzarla usted mismo, ante todo viviendo su vida con entusiasmo y aprendiendo a amarse a sí mismo. ¿Cómo conseguir sentirse seguro y amado? Probablemente a través de una noche oscura del alma”.




El lodazal del amor

En el verano de 1974, la poetisa Anne Sexton escribió a la autora Erica Jong sobre sus sentimientos a propósito de su divorcio: “Con frecuencia lamento haber abandonado a mi marido, si por lo menos lo hubiera abandonado por otra persona, y aunque eso me habría remordido la conciencia, lo soportaría mejor que esta locura... Mis ondas cerebrales me dicen que eso es repugnante y despreciable, pero no puedo remediarlo. Llevo una semana hundida en un lodazal de desesperación”.

A menudo las personas piensan que en cuanto logren resolver el problema inmediato de una relación – en el caso de Sexton, su divorcio – podrán seguir adelante y olvidar el pasado. Pero el alma conserva eternamente estas intimidades. A primera vista, el divorcio representa un fin, pero en el fondo no es sino un comienzo. Los recuerdos persisten, y en ocasiones los remordimientos reaparecen una y otra vez a lo largo de muchos años. Uno puede arrepentirse de no haber tomado otra decisión, y ese arrepentimiento le trastorna. Debe considerar la relación más allá de una estructura vital y comprender que el amor, junto con sus dolorosos desenlaces, le conduce a un nivel más profundo.

El amor romántico tiene un propósito, un propósito de gran envergadura. Su misión consiste en liberarle de la burbuja de los asuntos prácticos y cotidianos, revelarle el hecho de que posee un alma y que la vida es infinitamente más misteriosa de lo que imagina. Cuando consiga pasar del pragmatismo y literalismo a una vida cimentada en el alma, en la que la imaginación y las emociones son infinitamente más importantes que la mera acción y el análisis, su noche oscura habrá alcanzado su propósito. Es posible que desaparezca. Es posible que vuelva usted a ver la luz y se sienta más animado. Pero no será la misma persona. Una parte de usted, al igual que Perséfone, la joven e ingenua reina del infierno, vivirá en este ámbito sombrío por más que usted actúe y reaccione a la luz del sol. Ya nunca volverá a ser tan inocente en los asuntos del amor.

En algunos casos el amor exige una paciencia casi imposible. Quizá tenga usted que esperar a que las circunstancias cambien para que su amado o amada se dé cuenta de que le ama. A menudo las personas se conocen y empiezan a conectar en circunstancias que excluyen cualquier relación seria y duradera. Con frecuencia es imposible saber si la pasión invita a una vida compartida con la otra persona o si es una meta inalcanzable. En cualquier caso, el alma está implicada en ello, y uno no tiene más remedio que hacer caso de sus emociones y fantasías. Puede confiar en ellas, no que le organicen la vida tal como usted desea, sino que organicen los elementos de su alma a fin de ofrecerle una vida más plena y satisfactoria en el futuro.

El triángulo amoroso

Hemos comentado de pasada el triángulo amoroso; ahora nos centraremos en este problema, uno de los que aquejan más frecuentemente a las personas que se someten a un tratamiento de psicoterapia. He oído a muchos hombres y mujeres, aparentemente entregados a su matrimonio y su familia, confesar haberse enamorado de otra persona que amenaza su paz conyugal. Aunque en su mayoría no buscaban una nueva pasión en su vida, gozaban de ella. Casi sin darse cuenta, habían penetrado en el ojo del huracán, un triángulo que en muchos casos no ofrecía una salida satisfactoria.

Uno puede estar casado, tener hijos, sentirse relativamente satisfecho y feliz, cuando de improviso aparece un nuevo amor que sacude los cimientos de su existencia. Uno dedica horas y días a tratar de poner en orden sus emociones, a buscar una solución. Con un poco de perspicacia y ayuda, quizá descubra que no se trata de un problema sino de un misterio. Quizá comprenda que debe penetrar más en él para salirse del mismo. Si uno busca una salida rápida y sencilla, no tardará en caer de nuevo en el problema. Los triángulos sentimentales no aparecen sin más ni más. Tienen un propósito.

El triángulo amoroso es una de las formas más comunes del amor imposible. En ocasiones uno atraviesa varias fases de lucha consigo mismo. Al principio uno se engaña pensando que puede desembarazarse de ese amor inoportuno, o quizás imbricarlo en el suave tejido de su vida. Pero no tarde en descubrir que ninguna de esas opciones funciona. Entonces uno echa mano de sus principios morales y se siente avergonzado de sí mismo, de tal modo que no le queda más remedio que buscar una solución. Piensa que debe ser leal a su cónyuge y proteger a sus hijos. Que debe obrar conforme a sus principios y apoyarse en los valores que aprendió en su infancia.

La segunda fase le conduce al sorprendente descubrimiento de que la senda moral no siempre da resultado. La pasión persiste, y por más que uno se esfuerce en sentirse lo suficientemente avergonzado para hallar una solución, su amor aumenta y se adentra más en las tinieblas del deseo. Según lo describían los griegos sin sentimentalismos, la diosa del amor es Afrodita, un espíritu que añade una infinita gracia y placer a la vida, que aporta satisfacción sexual al matrimonio y a las relaciones duraderas, pero que prescinde de las estructuras establecidas y provoca celos y separaciones. Una versión moderna del antiguo himno orfeico a Afrodita la describe como una diosa del mar y dice:

Eres una maravillosa necesidad,

Incluso pese a la ferocidad del tiburón.

En su célebre cuadro El nacimiento de Venus, Botticelli nos muestra el lado fascinante de la diosa del amor emergiendo de las olas, pero no hay rastro del tiburón. Al principio uno quizá contemple ingenuamente su amor a través de los ojos de Botticelli. Pero más tarde olerá la presencia de la bestia.

¿Cuál es el propósito de un amor ilícito e inoportuno? ¿Por qué nos enamoramos de alguien justo cuando la vida comienza a tener sentido y nos ofrece diversas satisfacciones? En algunos casos una nueva pasión indica problemas con el cónyuge. O quizá forme parte del largo y complicado proceso que uno experimenta hasta sentir que ocupa el lugar adecuado junto a la pareja idónea. Por otra parte, a veces uno se percata de que la nueva persona no sería una pareja tan satisfactoria como su cónyuge o amante, pero la pasión sigue intensificándose.

Los grandes poetas antiguos insisten en que el amor es esencialmente misterioso, no sólo difícil de desentrañar, sino que encierra implicaciones inabarcables. ¿Por qué, nos preguntamos, ha aparecido esa persona en mi vida cuando me siento satisfecho de mi matrimonio, cuando ha nacido mi primer hijo o cuando creo haber logrado controlar mi vida? Por más que uno se pregunte “por qué”, no sirve de nada y sólo demuestra que existe otra voluntad u otros designios implicados en el asunto. La pregunta “por qué” no nos aclara el misterio.

En su extraordinario libro sobre el alma y el amor El mito del análisis, James Hillman escribe que el amor imposible atormenta el alma obligándola a alcanzar un nivel superior de percepción. “Antes de que la conexión sea posible, la psique atraviesa la noche oscura del alma, una mortificación en la que siente el paradójico dolor de un inmenso potencial dentro de sí y una sensación de culpabilidad, aislamiento y separación”. Yo he contemplado esta explosiva confrontación de deseo y culpabilidad en numerosas personas que sufrían la confusión de un amor imposible. Oscilan entre un extremo y otro, pasan de una vacilante decisión a otra, de una lealtad a otra. La misma inestabilidad de sus pensamientos y sentimientos indica la presencia de la noche oscura y la incapacidad de asumir la actitud necesaria para solventar el problema.

El triángulo amoroso nos obliga a alejarnos de la fusión, según dice Hillman, para recobrar nuestra individualidad, nos guste o no. Como dice el psiquiatra Robert Stein, el amor siempre conlleva el deseo de aparejarse y desaparejarse. El deseo de fusión genera paradójicamente el deseo, a corto o largo plazo, de desconectarse, y ese deseo de separación resulta desconcertante, tanto más cuando l afusión ha propiciado un hogar y una familia. Por lo demás, todo el mundo se refiere a la capacidad del amor de crear relaciones, pero nadie menciona su capacidad de destruirlas.

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