15/11/10

Fragmentos de Las noches oscuras del alma (y)






Deseos contrapuestos

La tesis de Robert Stein sobre la paradoja del aparejarse / desaparejarse es crucial. En ocasiones, cuando experimentamos un intenso deseo de unión, tenemos la sensación de que en el fondo deseamos lo contrario. Cuanto más anhelamos una conexión, más dispuestos estamos a que se produzca una desconexión. No basta con apreciar la paradoja. Es preciso tener en cuenta ambos extremos. Si uno se casa o convive con una pareja, debe tener también presente el deseo de separación. No es necesario que reprima su amor ni su entrega a la otra persona, pero debe comprender que necesita también su soledad e individualidad. Uno debe obrar con sutileza, amar a su pareja y a sí mismo, de lo contrario puede caer en una noche oscura.

La misma complejidad de algunos amores nos aproximan al misterio, permitiendo al alma iniciarse en nuestras intensas emociones y nuestra confusión. Alcanzamos un nuevo nivel de amor en el que podemos resolver la paradoja de ser una persona y una pareja. Según la versión de Hillman, el sufrimiento del amor es el dolor de un embarazo psicológico. La imposibilidad del amor nos obliga a convertirnos en otra persona. Nos obliga a pensar y analizar en qué consiste el amor. Comprendemos que debemos tomar decisiones difíciles pero, lo que es más importante, nos educamos a nosotros mismos a través de nuestras reflexiones.

No podemos amar profundamente hasta no habernos convertido en una persona profunda, y el tormento de un amor difícil constituye la prueba que nos convierte en una persona capaz de experimentar un amor intenso. El amor que sentimos por otra persona, especialmente si es difícil o imposible, nos prepara para experimentar un tipo de amor muy distinto.

El teólogo David L. Miller dice que la presencia de un tercer amor mantiene el alma alerta. “El Eros formado por un triángulo significa la constante negativa a sustancializar al tercer elemento, manteniéndolo en la esfera de la conversación, de la fantasía, de la historia. No es un objeto ni una persona, sino la interacción entre dos personas”. Por más que uno esté convencido de que el problema en el triángulo es la otra persona, el profesor Miller sostiene que el problema es la situación, el triángulo en sí mismo. Es preciso reflexionar hacia dónde nos conduce la dinámica de este triángulo.

Muchos de los triángulos amorosos que he visto en mi consulta estaban protagonizados por personas con hijos. Con frecuencia formulan la siguiente pregunta: ¿Perjudicará a los hijos el que sus padres se separen o divorcien? No podemos ofrecer una respuesta universal a esta pregunta, pero podemos decir sin temor a equivocarnos que si uno de los padres reprime sus sentimientos por el bien de los hijos, lo más probable es que los hijos sufran. Necesitan a un padre que abrace la vida con valor y delicadeza, y la vida no suele ser al mismo tiempo fuerte y ordenada. El caos es una forma de que la vida se renueve, y si un padre o una madre evita el caos, sus hijos no dispondrán de los cuidados vitales y el modelo que necesitan.

Recuerdo a una mujer que no se hallaba en un triángulo, sino en un tentáculo formado por su nuevo amante, su marido, sus hijos, sus padres y ella misma. Todos estaban implicados en su vida sentimental, y cada uno de ellos añadía una mayor tensión al caos. Al cabo de unos años de sufrimientos, la mujer resolvió esa geometría emocional al comprobar que no había concedido suficiente amor a sus aficiones y capacidades. Cuando su carrera comenzó a prosperar, los otros amores pasaron a ocupar sus pintorescos y poco ortodoxos lugares. Fue una decisión que jamás pudo haber imaginado al principio de su desesperación.

El amante desconocido

En un triángulo, la tercera “persona” representa el alma. Al ser inalcanzable, la figura del alma mantiene a uno en un perpetuo estado de asombro. Es el momento en que uno debe acudir a un psicoterapeuta que le ayude a prestar atención a su vida profunda. Es el momento en que el alma se muestra y se convierte en un factor ineludible. El amor imposible se sublima en el argumento, el autoanálisis y la capacidad de maravillarse. A través de la dificultad que presenta, uno se convierte en una persona dotada de mayor comprensión.

La artista Joan Hanley califica la tercera figura del triángulo como “el amante desconocido”, el secreto y misterioso amante del alma que reside en todo amante de carne y hueso. El sufrimiento del amor se debe en parte a que ninguna persona, por más que nos guste y satisfaga, es capaz de colmar el deseo de amor. Siempre existe un residuo, porque el amor nos transporta más allá de la esfera humana. Hace que conectemos con el objeto último del deseo. Nos invita a trascendernos, a potenciar nuestro ser.

Cuando entendemos que el amor es algo más que una emoción humana, que es una pasión cuya misión consiste en hacer que la vida siga fluyendo, no suponemos que vaya a desconectarse cuando haya alcanzado el objetivo humano de crear un matrimonio y una familia. Tiene propósitos más importantes, porque el amor es el combustible de la vida. No conviene apoltronarse, pues uno deja de vivir. Es preciso preguntarse continuamente ¿qué espero recibir de esta tercera y nueva persona, y puedo obtenerlo por otros medios? Es una pregunta inicial ingrata, pero indica el camino a seguir.

David L. Miller dice que el tercero cobra forma como fantasía e historia. Debemos aprender a vivir más simbólica y poéticamente para dejar que “el amante desconocido” cumpla con su labor. El tercer amante no es real, en el sentido de que no encaja perfectamente en nuestra vida. Su misma distancia hace que el amor sea imposible y, al mismo tiempo, creativo. Al obligarnos a reestructurar nuestra vida, es posible que se nos ocurran nuevas ideas sobre la forma de replanteárnosla. Si ese amor tuviera sentido en el contexto de nuestra vida, el nuevo amante no sería un tercero. Debemos reflexionar y hablar del tema, y aunque no alcancemos una solución, habremos ganado mucho durante ese proceso.

Dentro, fuera, entremedio

Las personas atrapadas en triángulos hablan sobre sus relaciones “marginales” como si no formaran parte integrante de su vida. Con frecuencia la relación ilícita se asemeja a una incursión en el país de la fantasía, no porque no sea seria o real, sino porque reside fuera de los límites de la vida normal. Esa violación de la norma puede formar parte de la atracción, y muchas personas se refieren a ella como si la aventura fuera tan importante como la otra persona. Georges Bataille, el filósofo francés, dice que el amor real siempre conlleva una transgresión.

En un contexto más generalizado, hemos descrito la noche oscura del alma como un lugar liminal, entre lo normal y lo extraordinario. Un triángulo amoroso posee su propia liminalidad. Las parejas se encuentran en lugares de paso: restaurantes, hoteles, coches, en el campo. No quieren que les vean sus amigos y parientes, y no tardan en comprender que su mutua pasión no forma parte de la vida normal. Esta cualidad liminal puede ser problemática, pero también es creativa. A veces las personas casadas, en un esfuerzo por renovar su vida conyugal, tratan de recuperar la liminalidad de los amantes ilícitos. Con esa intuición de que la transgresión confiere al amor una tensión especial, algunas parejas prefieren fugarse que precipitarse en un matrimonio monótono y aburrido mediante una boda convencional.

No obstante, muchas personas siguen haciéndose esta pregunta: ¿Qué hago si me encuentro atrapado en un triángulo amoroso? ¿Existe una solución a este problema, un remedio para el sufrimiento que provoca? Algunas personas son especialmente sensibles al sufrimiento que causan a su pareja o sus hijos. En ocasiones los hijos rechazan a su madre o su padre, según a cuál de ellos consideren el destructor de la familia.

La pareja puede sentirse atormentada entre el deseo de conservar la respetabilidad y lanzarse a la aventura. Ambas perspectivas son apetecibles y ambas requieren igual atención. La imposibilidad del amor sitúa a uno en un profundo atolladero. Quizás incluso sospeche que cuando la aventura – la transgresión y la liminalidad – haya concluido, no le quede sino resolver los habituales problemas de una relación respetable. Es posible que uno goce con esa liminalidad, por más que se queje de ella.

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