15/11/10

Extractos de Experimentar la trascendencia







Extraído del libro "Experimentar la trascendencia", de Karlfried G. Dürckheim, Ed. Luciérnaga.

(Vuelvo a sorprenderme de la inexistente información sobre el autor en internet, no dispongo ya de la obra, no me arriesgo a decir que fue un alemán que, enfrentado al absurdo de la guerra, deserta del ejército, asentándose posteriormente 10 años en Japón, y deviniendo en maestro zen. "Importó" (como otros) esta disciplina a occidente que aún pervive con los seguidores de su línea, caracterizada por separar el trabajo meditativo del zen de toda religión - budismo, en este caso -, filosofía, creencia, etc. Enseñaba un "arte para vivir" en su centro asentado en la Selva Negra, Alemania... no sea que me equivoque ;)


Su libro más conocido quizá sea Hara, Ed. Mensajero






La sombra siempre es luz que adopta la forma de aquello que la obstaculiza.

Todo lo que pertenece a la totalidad del ser humano completo, y que no puede manifestarse, se expresa como poder oscuro.

Pregunta a Anesaki:

¿Cómo se refleja la doctrina del budismo Zen en las vivencias de sus adeptos?

Respuesta de Anesaki:

Es evidente que mi respuesta a su pregunta será totalmente diferente, según que se trate de un hombre que ya haya tenido la experiencia del Ser o de uno que aún no la haya tenido. En este último caso Amida es el nombre de un hombre santo que realmente ha vivido, que ha llevado a cabo el acto de redención y que lo perfecciona sin cesar. En el primer caso, Amida – sea este o no el nombre de un personaje histórico - es una palabra que designa el principio interior según el cual nunca hemos estado “no salvados”; y el deber del hombre es volverse cada vez más consciente de este principio, y crecer, a partir de su naturaleza condicionada, basándose en él.

(...)

Para quien ha hecho la experiencia, Cristo es una palabra que designa el núcleo del Ser que habita en su interior, con respecto al cual nunca se ha encontrado en estado de “no redención” y cuya toma de conciencia constituye su vocación, la cual han hecho posible la enseñanza, la vida y la muerte de Cristo.

(...)

Muchas más personas de las que suponemos tienen la experiencia de esa cualidad de lo divino que invade de improviso todas sus vivencias y atrae su atención. Cuando, por obra de la gracia, tienen la fortuna de prestarle atención e interesarse en ella, una nueva vida puede comenzar o, al menos, puede despertarse en ellos una nostalgia que brinda una nueva orientación a su búsqueda del sentido de la vida.

No siempre hay, en el inicio de una vida iniciática, una experiencia importante del Ser que transforme la existencia de manera espectacular. Además de la experiencia fulminante que arroja una nueva luz sobre la existencia, es posible una lenta emergencia al otro nivel producida por sucesivas experiencias menores. Pero, incluso en este caso, se trata de un salto y es necesario que el hombre adquiera conciencia de su nuevo estado. Muchos hombres han alcanzado este nivel, pero lo ignoran y, al ignorarlo, su conciencia continúa prisionera de su antiguo modo de ver y del antiguo orden de cosas, por lo que la nueva vida que se abre ante ellos permanece estéril. (...) El primer ejercicio de quien se interna en el camino es desarrollar el órgano que permite estar atento a los sucesos, considerar seriamente lo divino – signo eterno de la presencia tangible de lo “completamente otro” – y aceptarlo como algo real. Esta cualidad de lo divino, destinataria de las imágenes y conceptos transmitidos por las religiones – a los que legitima –, es más importante que el contenido de las religiones.

Para que un acto pueda tener consecuencias religiosas sólo necesita dos cosas: simplicidad y la posibilidad de ser repetido”. ¿Simplicidad y repetición? Nuestra vida cotidiana está enteramente compuesta de acciones simples y repetidas, y, de hecho, vemos que en Japón la mayoría de estos gestos son elevados a la categoría de ejercicios, comenzando por la respiración.

En rasgos generales, los ejercicios practicados en Japón pueden clasificarse en tres categorías:

  1. El ejercicio de una función fundamental, tal como la respiración: a ésta se le asocian prácticas como el estar sentado en silencio, la inmovilidad del cuerpo – y de la persona – totalmente relajado y el trabajo sobre el centro espiritual del cuerpo (que somos).
  2. Ejercicios de concentración, en el sentido meditativo del término, como, por ejemplo, en una palabra santa, un mantra o también – en el Zen Rinzai – en una paradoja, es decir, una frase incomprensible desde el punto de vista lógico (un kôan).
  3. Ejercicios que, vistos desde el exterior, tienen por objetivo una “obra visible”, ya sea una creación perfecta – como una pintura o un ramo –, una acción perfecta – como una danza, la narración de una historia o un gesto ritual como la ceremonia del té – o un arte marcial como el combate con espada, la lucha o el tiro con arco. Todos estos ejercicios son impensables sin los ejercicios fundamentales del centro justo y del silencio, y todos tienen en común la incesante repetición, la cual, mediante la automatización de un proceso que inicialmente exige una intensa concentración, permite la progresiva desaparición de la tensión entre el Yo y el objeto, una tensión que tiene su origen en el deseo de alcanzar el objetivo y el esfuerzo por conseguirlo. Y, en la unión final entre el Yo y el objeto, se deja de lado la conciencia intencional y fijadora, y finalmente se la trasciende. Sólo cuando se deja de depender de esta tensión voluntaria se puede trascender el Yo definidor y discriminador que le sirve de vehículo; y sólo esta desaparición permite la emergencia del “Espíritu” (entendido como la fuerza esencial, suprapersonal y supraindividual).

(...) No bien la explicación se transforma en una comprensión final, implica también inevitablemente una valoración.

El término “regresión” suele tener un sentido negativo, pues significa una vuelta hacia atrás o la interrupción de una progresión. (...). Los aspectos positivos residen, ante todo, en el hecho de que todo crecimiento está constituido por una alternancia, una dinámica innovadora de progreso y retroceso, movimiento e inmovilidad, proyectos y apatía absoluta.

Lo que viví tenía un valor tan irrefutable que estoy absolutamente convencido de que, de ahora en adelante, tengo que cambiar de tal modo que mi vida pueda situarse totalmente en el dominio de eso que experimenté por un breve instante.

Las más impresionantes son, no obstante, las experiencias mayores del Ser, en las cuales el hombre sobrepasa súbitamente la oposición de los contrarios que domina su vida natural.

Hay tres pesares fundamentales en el ser humano: el miedo a la aniquilación, la desesperación frente a lo absurdo y la profunda tristeza frente a la soledad. La muerte, la falta de sentido y la soledad son – y siempre lo serán – los enemigos del Yo natural. Pero la muerte es inevitable, nos enfrentamos con lo absurdo a lo largo de toda la vida y todos experimentamos alguna vez una soledad sin esperanza.

La otra dimensión, que se sitúa más allá de nuestra facultad natural de comprensión y que es la dimensión trascendente de la vida, puede justamente surgir – aunque no está obligada a ello – en esas situaciones límites, de tal modo que nuestra conciencia derriba las barreras que habitualmente le impone una actitud objetivante y reductora. Pero esto sólo puede tener lugar con la condición de que el hombre realice una hazaña paradójica, totalmente irrealizable para el Yo ordinario: aceptar conscientemente hacer la peligrosa experiencia de la autoaniquilación.

Quien está en el camino es impulsado por una fuerza absolutamente original, personal y determinada. Las condiciones para progresar en el camino son:

- una experiencia interior (la gran experiencia o el tacto del Ser) cuyo contenido posea una legitimidad evidente;

- la atención prestada a la llamada que contiene esta experiencia;

- la determinación a obedecer esa llamada;

- la emergencia, gracias a esta sumisión, de una nueva conciencia que conduce hacia una evolución particular;

- por último, la fidelidad al ejercicio que se ha adoptado al servicio de la transformación.

La finalidad de todo esto es la “gran transparencia”, la transparencia a la trascendencia que nos es inmanente, no sólo a nosotros ¡sino a todas las cosas!

Todo lo que destruye lo que constituye un obstáculo en el camino hacia la transparencia y favorece lo que la hace posible está al servicio del progreso en este camino. De aquí se deducen diversos ejercicios individuales, bien particulares, característicos de la terapia iniciática. Los principales son tres:

  1. El desarrollo del “órgano” gracias al cual el individuo se vuelve capaz de avanzar, de experimentar la trascendencia y de diferenciar entre los auténticos contactos con el Ser y estados imaginarios. Se trata, ante todo, de una ampliación de la conciencia que habitualmente está dominada por la conciencia objetivante.
  2. La purificación del inconsciente por la psicología profunda, sin la cual – tal como se manifiesta cada vez con mayor claridad – es imposible un progreso fiable en el camino.
  3. La integración de la transformación en “el cuerpo que se es” mediante el exercitium.

El anciano tendrá así la posibilidad de reactualizar determinadas situaciones que hasta ese momento había reprimido en el pasado. El camino hacia la liberación tomará formas diversas; por ejemplo volcar sobre el papel algún conflicto no solucionado que le oprime el corazón, poder transcribir libremente lo que lo abruma de culpabilidad, lo llena de cólera o le hace mirar el pasado con decepción. Expresar todo a través de la escritura, con absoluta sinceridad, puede significar un gran alivio y una verdadera liberación que abre las puertas a una nueva evolución. Por lo común no es necesario que otra persona lea lo escrito, pues es suficiente con que figure sobre el papel. ¡Todo el furor acumulado contra una persona volcado en una carta definitiva!