31/3/08

Amigabilidad


Las ramas de estos dos árboles en flor están entrelazadas, y los pétalos que caen se mezclan en el suelo formando un tapiz de bellos colores. Es como si el cielo y la tierra estuvieran unidos por el amor. Pero ambos permanecen como individuos, cada uno enraizado en el suelo, con su propia conexión con la tierra. De esta forma representan la esencia de los verdaderos amigos, maduros, a gusto uno con el otro, naturales. En su relación no existe prisa ni necesidad de ningún tipo ni deseos de cambiar al otro en algo diferente.


Cuando existe una buena disposición de tu parte para entrar en una amistad de esta clase puede que te des cuenta de que ya no te interesa más meterme en todo tipo de dramas y romances en los cuales los otros están ocupados. Esto no es una pérdida, es el nacimiento de una cualidad mayor y más amorosa, fruto de la experiencia de la plenitud. Es el nacimiento de un amor que es verdaderamente incondicional, sin expectativas ni demandas.


Osho

(Tarot Osho Zen)

30/3/08

Alive & kicking - Simple Minds



Y este porque no se podía quedar atrás si hablamos de Simple Minds.

Human League - "Don't You Want Me" ..Baby? y otras


F.R. David - Pick up the phone (años sin oírla...)




Y estas de cuando tenía 11 años y mi hermana se trajo a los del Instituto a celebrar en casa su 17 cumpleaños.

Don't you forget about me - Simple minds

Compartiendo recuerdos de verbenas de instituto y días de radio (cuando grabábamos lo que nos gustaba en casetes desde los 40 principales y cosas así)

29/3/08

Arapesh, mundugumor y tchambuli.

Margaret Mead se trasladó a Nueva Guinea a estudiar a estas tres tribus para su obra antropológica Sexo y temperamento, donde buscaba responder a su pregunta: ¿Lo que llamamos feminidad y masculinidad son caracteres biológicos o productos culturales?

Marina nos lo cuenta en "El laberinto sentimental", de editorial Anagrama.

"A pesar de vivir relativamente cerca, a menos de doscientos kilómetros, las diferencias son sorprendentes. A ella la sorprendieron al conocerlas, a mí me sorprendieron al leer su libro, y espero que al lector le sorprenda ahora.


Los arapesh son un pueblo cooperador y amistoso que carece de organización política. Los hombres conciben la responsabilidad, el mando, la preeminencia social como deberes onerosos que cumplen por obligación y de los que se desentienden alegremente cuando pueden endosárselos a sus hijos. Trabajan juntos, todos para todos, prefiriendo participar en actividades iniciadas por los demás. El beneficio propio parece detestable. 'Sólo había una familia en el poblado', cuenta Margaret Mead, 'que demostraba apego por la tierra, y su actitud resultaba incomprensible para todos los demás.' Se caza para mandar la comida a otro. 'El hombre que come lo que él mismo caza, aunque sea un pajarillo que no dé para más de un bocado, es el más bajo de la comunidad, y está tan lejos de todo límite moral que ni se intenta razonar con él.'
Hay un grupo destinado a un menester engorroso e incómodo. Son los 'grandes hombres' que organizan una gran fiesta cada tres o cuatro años. Se elige a un niño y se le educa para que sea agresivo y arrogante, por exigencias del papel, lo que es visto más como una condena que como un privilegio.

Para los arapesh el mundo es un jardín que hay que cultivar. Mi alma de horticultor no puede dejar de conmoverse ante esta poética concepción del mundo. El deber de los niños y del ñame es crecer. El deber de todos los miembros de la tribu es hacer lo necesario para que los niños y el ñame crezcan. Cultivo de los niños, cultura del ñame, o al revés. Hombres y mujeres se entregan a tan maternal tarea con suave entusiasmo. Los niños son el centro de atención. La educación entera es educación sentimental. No hace falta que el niño aprenda cosas, pues lo importante es suscitar en él un sentimiento de confianza y seguridad. Hacerle bondadoso y plácido, eso es lo importante. Se le enseña a confiar en todo el mundo. Los niños pasan temporadas en casa de sus familiares, para que se acostumbren a pensar que el mundo está lleno de parientes.

Esta sociabilidad querida, buscada, fomentada, se manifiesta en la sorprendente explicación que dan del tabú del incesto: 'Los arapesh no contemplan el incesto como una tentación repulsiva y horrorosa, sino que les parece una estúpida negación de la alegría que se experimentará al aumentar, por medio del matrimonio, el número de personas a las que se puede amar y en las que se puede confiar.'

Nadie muestra interés en que el niño crezca rápidamente. Tal vez hayan comprendido una característica esencial de la especie humana, que es tener una larga infancia. No se estimula el afán competitivo y se sienten intolerablamente heridos en sus sentimientos por una palabra áspera. Una burla se considera expresión de hostilidad y un hombre adulto se echará a llorar ante una acusación injusta. A la vista está que son unos 'sentimentales'.

Dividen a los seres humanos en dos grupos: los parientes, que son todos los habitantes de la llanura, que viven 'junto a las tierras del río', violentos, temibles, perversos y hechiceros. De vez en cuando una mujer de la llanura se acerca al poblado de los arapesh, dominante, sensual, agresiva, y algún arapesh incauto cae fascinado por tan poderosos hechizos, condenándose así a una vida que no le corresponde y para la que no está preparado.

Las costumbres matrimoniales también están enderezadas a evitar sobresaltos. Los niños se prometen a los cinco o seis años. El hombre-niño trabaja para hacer que su mujer-niña crezca, de la misma manera que hará con sus hijos. La organización social se basa en esta analogía entre esposas e hijas. La esposa crece en la familia del marido sabiendo ya que su novio / niño / adolescente trabaja para ella. Se acostumbra a aceptar todo pasivamente a cambio de sentirse segura en la vida. La mujer arapesh pasa suavemente de su familia a la del marido, casi sin darse cuenta.

Es posible que se trate de esto: de evitar sobresaltos, y que crean que el gran beneficio que la paz acarrea es la previsibilidad del futuro. También los javaneses piensan que los daños emocionales no están producidos por la gravedad de un suceso, sino por su carácter súbito. Es el choque con lo imprevisto, y no el sufrimiento, lo que más temen. Basta acomodar el espíritu a una desgracia para que el sentimiento de pesar se aminore. (...)

A ciento sesenta kilómetros de los pacíficos arapesh viven los mundugumor, que han creado una cultura áspera, incómoda, malhumorada. Todo parece fastidiarles, lo que no es de extrañar porque su organización fomenta un estado de cabreo perpetuo. Habitualmente sólo las mujeres se reúnen, mientras que los hombres se observan de lejos con desconfianza. Los niños son educados para sentirse incómodos ante los mayores. Las voces enojadas son la música de fondo de la vida. Los mundugumor creen a pies juntillas que hay una hostilidad natural entre todos los miembros de un mismo sexo, que son incompatibles y sólo pueden relacionarse por mediación del sexo opuesto.

Ocurre, sin embargo, que la relación con el sexo opuesto y la organización familiar están cuidadosamente diseñadas para provocar irremediablemente conflictos. La esturctura básica de parentesco se llama rope y es una máquina perfecta de intrigas y de odios. La madre y el padre encabezan familias distintas. El rope del padre está compuesto por sus hijas, sus nietos, sus bisnietas, sus tataranietos, es decir, una generación femenina y otra masculina. El rope materno está contrapeado. Ambas familias se odian, no por casualidad, sino por los ritos de casamientos. Los mundugumor cambian una novia por una hermana, por lo que cada hermano ve en sus hermanos unos rivales que le van a disputar sus hermanas para canjearlas por una o más esposas. Para avivar más esta hoguera de odios también tienen como enemigo a su padre, que puede cambiar una de sus hijas por una esposa joven para él mismo. En reciprocidad, los hijos son también un peligro para el padre, que ve su crecimiento como el crecimiento de unos enemigos. En cada choza mundugumor hay una esposa enfadada y unos hijos agresivos, listos para reclamar sus derechos y mantener en contra del padre sus pretensiones sobre las hijas, única moneda para comprar una novia. No es de extrañar que la noticia de un embarazo se reciba con disgusto. El padre sólo quiere hijas para ampliar su rope. Un hombre quiere aliados para poder coaccionar y amedrentar en los días de su poderío físico, y no hijos que vendrán después de él y se burlarán de su vejez, orgullosos de su fuerza. La madre, claro está, quiere un hijo por lo mismo. Una mujer que concibe un hijo ha herido a su marido en su punto más vulnerable. Ha engendrado un enemigo y el padre siente que su decadencia ha comenzado.

La educación de los niños es una minuciosa preparación para este mundo sin amor. Todo lo que para los arapesh era motivo de satisfacción es motivo de irritación para los mundugumor. Llevan a los niños en canastillas incómodas, los amamantan a la carrera y de mal humor, el proceso de destete está acompañado de bufidos e insultos, se enfadan con los hijos, con los enfermos, con los que se mueren, con los que viven, porque todos molestan. No hay lugar para la tranquilidad o la alegría. Los tratamientos sociales son complicados, llenos de prohibiciones, precauciones y susceptibilidades. Es difícil no cometer descortesías con un protocolo tan complicado y un pueblo tan irritable. Todos los mundugumor saben que por una u otra razón tendrán que pelear con su padre, con sus hermanos, con la familia de su mujer, con su propia mujer. Las niñas ya saben que serán el origen de las peleas. Ése será su dudoso privilegio.

Las uniones sexuales son rápidas y violentas. El carácter ideal es común para ambos sexos pues se espera que tanto hombres como mujeres sean agresivos, celosos y estén siempre en perpetua competencia, dispuestos a vengar cualquier insulto. En fin, que parecen occidentales." (Meto yo aquí cuña: ¡menuda visión optimista que tiene Marina! Yo me siento más identificada con los arapesh, en fin...).





"Tras su estancia con los mundugumor, Margaret Mead visitó un tercer pueblo, los tchambuli. De nuevo cambia el paisaje sentimental. Hay una inversión de los papeles sociales. Las mujeres se ocupan de las cuestiones económicas, pescan, tejen, comercian, administran el dinero, mientras los hombres viven para el arte y el espectáculo. Las mujeres los tratan con amabilidad, tolerancia y aprecio. Disfrutan con los juegos masculinos, con su coquetería y con los espectáculos teatrales que organizan para ellas. Como son las dueñas del dinero obsequian y regalan a sus maridos, a cambio de languidecientes miradas y suaves palabras. Las mujeres trabajan en grupo, charlando divertidas. En cambio, entre los hombres hay celos, desconfianza y malentendidos. El interior de una casa tchambuli muestra a ojos vistas su organización social. Las mujeres firmemente instaladas en el centro de la habitación, mientras que los hombres se sitúan junto a las paredes, cerca de las puertas, con un pie en la escalera, sintiéndose poco queridos, apenas tolerados, y dispuestos siempre a refugiarse en la casa de los hombres, donde preparan su propia comida, recogen su leña, viven como solteros, en un estado de mutua desconfianza y de común incomodidad.

Hasta tal punto han teatralizado toda su vida sentimental, que Margaret Mead confiesa 'una sensación de irrealidad, pues incluso la expresión del enojo y del temor se convierten en una figura de danza. Fuera de estas ritualizaciones es difícil saber lo que sienten'. En una ocasión, después del rapto de una muchacha tchambuli por otra tribu, Margaret Mead pregunta a su familia: '¿Estáis furiosos por el robo de vuestra hermana?' 'No sabemos todavía', contestaron, 'los ancianos no nos han dicho nada.' Esta actitud me recuerda el comentario de Sartre, quien por cierto también concebía las emociones como una representación: 'Cuando de niño me encontraba a solas, sin público, no sabía lo que tenía que sentir'."

El estado natural


Para alcanzar la vacuidad de todas las cosas debes comenzar purificando tu propia mente. Sólo cuando tu mente se torne limpia y transparente se disipará la confusión.


Entonces descubrirás la esencia y la función naturales de la mente. La "esencia" de la mente es el origen claro, puro y limpio de tu propia mente. Su "función" es la extraordinaria capacidad de cambio y adaptación que le permite adentrarse en la pureza y en la corrupción sin sentirse afectada ni identificada con la pureza ni con la corrupción.


"La esencia del zen", editorial Kairós.

27/3/08

Había otros



La primera vez que mi padre la nombró lo achaqué a su enfermedad. A veces decía cosas sin sentido, no nos reconocía o nos llamaba por otros nombres. Sin embargo, este nombre lo repetía últimamente y, a veces, me confundía a mí con la tal Valeria y mantenía pequeñas conversaciones sobre mi hermano o los cuidados del jardín. Yo soy hija única y nunca hemos tenido jardín, vivíamos en un piso pequeño del centro y, salvo unas pocas macetas a las que no hacía ni caso, ese era todo mi contacto con la vida vegetal.

Mi madre llevaba muerta cuatro años así que no tenía más fuente de información que la tía Nora, que andaba también muy mayor pero regía. El caso es que hasta Navidad no la vería, pues había un viaje de seis horas de por medio, y con la edad y el sonotone no atendía a llamadas o cartas.

Fue a finales de verano cuando, por primera vez, algo dentro mío se puso de punta al volver a hablarme como si fuera Valeria. Mi padre comenzó a despedirse, contando cosas del trabajo y usando expresiones como “ya sabes que todos los años...”. Finalmente me dijo “papá te quiere mucho, Valeria” y me puse blanca y se me descompuso el estómago. Recordé de repente una escena familiar siendo yo muy pequeña. Estábamos en el salón. Papá venía cargado de paquetes por las escaleras, al entrar en casa los echaba todos al sofá y me cogía en volandas diciéndome: “¡Ay mi niña preciosa! ¡Cuánto te he echado de menos!”. Me regaló un burrito de juguete que me acompañó hasta que mi hijo Fidel se montó encima con cinco años y se acabó el burrito. Hasta mis cuatro o cinco años, papá pasaba el verano lejos, trabajando, y regresaba en octubre cargado de regalos para mamá y para mí. Tardé en reaccionar varios días.

Lo siguiente que ocurrió fue que revolviendo fotos viejas en casa de nuestros padres apareció una carta de mi madre fechada en agosto de 1960, cuando yo tenía cuatro años. En ella le rogaba que volviera, que regresara con su familia, que pensara en mí, que ella no podía seguir viviendo sin él. Yo ya la había visto al morir mi madre, la había leído por encima y pensaba que se trataba de una disputa de pareja, una corta separación o algo así. Coincidía más o menos con la fecha en que papá dejó de irse en verano, y por primera vez me fijé en que iba dirigida a Venezuela, cuando a mí siempre me habían contado que donde estaba papá era en Suiza.

Estaba muerta de miedo sospechando que la mitad de lo que me habían contado en mi infancia era mentira, ¡que la tal Valeria debía ser en realidad mi hermana! y puede que rondara por ahí sin saber nada de mí, o sabiendo... ¿tendría más hermanos? ¿Viviría ese otro amor, quizá esposa, de mi padre? ¿Sabrían de mi existencia? ¿Querrían conocerme? ¿Querría yo o aguantaría conocerlos a ellos?

Todo esto hizo que me decidiera a ir a ver a la tía Nora. Pedí un día de vacaciones en un puente y preparé las maletas. El tren llegó puntual, y puse el pie en aquel escenario verde con pajaritos de hace veinte años. Me sentí mucho más tranquila y pensé durante unos momentos que todo había sido una especie de sueño. De camino a la casa volvió a encogérseme el estómago y volví a la realidad. Algunos vecinos me saludaron al ver que me dirigía a casa de Nora, me escabullí como pude de las preguntas engorrosas y en media hora más ya estaba instalada tomando el té con la hermana mayor de mi padre.

Nora vivía hace años en la planta baja de la casa, y durante el día venía a ayudarla una chica llamada Susana, que le traía la compra, cocinaba, limpiaba y la acompañaba.

Siempre fue muy intuitiva, y nada más revolver su té, levantó la vista y me dijo: Tú quieres preguntarme por tu padre, ¿verdad? Yo sonreí aliviada porque, la verdad, no tenía ni idea de por dónde enfocar el tema. Nora comenzó a explicar que cuando papá era novio de mamá viajó a Venezuela buscando fortuna convencido por dos amigos perdidos en ensoñaciones sobre fortunas y empresas. No hubo ni las unas ni las otras, pero se enamoró de una buena mujer que lo ayudó allá cuando se vio tirado en la calle prácticamente. Se llamaba Rema. No se atrevió a confesárselo a mi madre, que no supo nada de él en varios meses y, finalmente, pidió ayuda y dinero a Nora para volver. Una vez se hubo instalado aquí de nuevo y conseguido un empleo gracias al que se convirtió en su suegro, recibió noticias de Rema: había dado a luz un hijo al que había puesto Francisco, su nombre. Mi padre se volvió loco de ilusión, según Nora, así que arguyó que le habían ofrecido una oferta interesante en Suiza y que iría al mes siguiente, en junio. Nora lo ayudó en todo momento, cubriéndolo ante mi madre y a veces prestándole grandes sumas. También era la depositaria de la correspondencia de este amor furtivo. Yo lloraba a pesar de la delicadeza no exenta de franqueza de Nora. Sencillamente, las cosas eran como eran. Al siguiente año Rema dio a luz una niña: Valeria. Faltaban tres años para mi nacimiento. Sin embargo, mi padre volvía religiosamente todos los octubres y permanecía con nosotras hasta junio, mes en que se iba a “Suiza”.

Cuando yo nazco mi padre se vuelve loco de alegría, me ponen el nombre de su madre: Irene. Mi madre comienza a sospechar algo pero en junio, invariablemente, mi padre se va. Durante dos años ocupo todo el universo de mi madre, que olvida sus temores. Además la empresa va mal y hay demasiadas preocupaciones para hacer sitio a la desconfianza. Mi abuelo y presidente de la empresa sufre un infarto y mi padre es llamado a sustituirlo. Ya he cumplido cuatro años y papá deja de acudir a su cita anual en Venezuela, junto a su segunda - ¿o primera? - familia. Si lo hace por la carta de mi madre o por su nuevo cargo que le exige residencia fija en España y todo su tiempo a partir de ese momento no lo sé.

Se convirtió en un hombre taciturno, siempre ocupado, distante, no volvió a ser lo mismo. Nunca estuvo a gusto ocupando aquel alto cargo, pero asumió su responsabilidad hasta el final. Mamá, que había trabajado unos años durante el bache, se quedó en casa. Y pasan los años...

Le pregunto a Nora por Francisco y Valeria. Valeria es mi hermanastra mayor. Es impactante, siempre creí ser hija única. Estoy un poco dolida, celosa. Me duele por mamá, que finalmente descubre a esa otra familia y calla toda su vida, y por habernos dejado solas los veranos. Pero también siento curiosidad por ellos, y un cierto respeto hacia ese otro amor de mi padre, al sentimiento en sí.

Francisco ha muerto hace varios años en un accidente de tráfico, me comenta Nora. Valeria sigue manteniendo correspondencia con ella, ya que Rema está demasiado mayor. Nunca se casó, nunca volvió a convivir con otro hombre. Estaba, al parecer, muy enamorada de mi padre. Él siempre envió dinero y cartas, pero eso fue todo durante muchos años.

Paso buenos ratos en el jardín de Nora, nunca había estado aquí. Normalmente nos reunimos en Navidad en casa de su hijo Arturo en la capital. Hace unos veinte años hice una visita corta y eso fue todo. Eran días difíciles, Teo y yo estuvimos a punto de separarnos y vine a pensar unos días. Nora fue muy buena consejera, sin inmiscuirse demasiado. Ahora volvía a sentarme a la sombra de su jardín.

Al despedirme, Nora deslizó un sobre en mi mano: “La dirección de Valeria”, me dijo, “por si quieres hablar con ella algún día”.

Ahora llevo ya una semana en casa, dando vueltas al papelito. No he abierto el sobre, supongo que será una dirección de Venezuela, donde vivirán Valeria y Rema. ¿Para qué? Yo no voy a ir hasta Venezuela ¿a qué? ¿a pasarlo mal? Blegh. ¿Qué nos vamos a contar? A lo mejor me odia por haber apartado de ella a su padre, yo no sé qué siento por haber apartado a mi padre de nosotras. Pero sigo dando vueltas al sobrecito por las noches, cuando tomo mi último descafeinado, justo antes de subir a dormir mientras Teo termina sus interminables investigaciones sobre la dieta ortomolecular. Está preparando otro artículo para su revista. Apagaré la luz de mi mesita y él leerá sigilosamente media hora más, justo media hora. Después apagará la luz, se dará media vuelta, dejará sus libros en el suelo y se dormirá. A veces quisiera que hiciera ruido, se le cayera un libro o se echara un pedo.

Por las mañanas vuelvo a despertarme sintiendo una enorme curiosidad...

Nuevos datos de entrada anterior: "Arturo y los caballeros cuadrados de la mesa redonda"

Letras de la canción de presentación de la serie (aportación de Pirluit):

Arturo, el rey Arturo es bravo, noble y tiene un gran corazón.
Arturo, el rey de Camelot, con su espada es todo un ciclón.
Arturo, le temen los dragones y en los torneos también.
Y si en peligro tú te ves envía un ¡ay! y en seguida acudirá y él a ti te ayudará.

Con su potente brazo la espada sacó
y en una mesa redonda se reunió.
Sus caballeros por fin pudieron comprobar
que tenía un rey como no hay otro igual.

Arturo, le llaman las doncellas si en peligro ellas se ven,
y él acude siempre presto
con su espada va dispuesto
vence siempre a los traidores
es un rey como no hay dos,
Arturo, Arturo, oh, buen Arturo, Rey de Camelot.

Más info de la serie de dibujos animados.

23/3/08

Fragmento de "Las arquitecturas del deseo" de Marina (II)

"Si el ser humano no fuera parcialmente libre, la última figura de nuestra personalidad sería el carácter, cosa que defiende gran parte de la psicología actual. Muchos psicólogos se escandalizan cuando digo que la personalidad es una meta, una tarea, porque piensan que, al contrario, es el origen de todas las metas y tareas que se nos puedan ocurrir. No entienden que a partir de los deseos del carácter construimos los deseos de la personalidad, que dependen de un proyecto y que prolongan, gestionan o se vuelven contra los deseos anteriores. Los proyectos se basan en la capacidad de dirigir nuestra acción por metas pensadas, no sentidas. El gran problema es que tienen que enlazar con la energía deseante, porque desligada de ella, la razón no tiene poder para dirigir el comportamiento."

Y con esto, se acabó el librito!!!

15/3/08

Tarta de chocolate con galletas María


De chiquitilla éramos todos menos sofisticados y comíamos cosas sencillas que nuestras madres inventaban como esta:




Bueno, evidentemente era un invento universal esto de mezclar las cuatro o cinco cosas con que contábamos, ya que se encuentra esta receta por todas partes.


Nosotros la hacíamos en forma de flor, con una torre de galletas en el centro y las otras como pétalos. No poníamos chocolate en las capas intermedias, sería demasiado.


Luego empezaron a complicarse con flanes de coco y tartas a lo tienda, pero yo de la que me acuerdo es de esta.

14/3/08

Carácter


Concha Quintana nos decía que la práctica hace el hábito y que el hábito nos habita.


José Antonio Marina nos remite a Aristóteles en "Las arquitecturas del deseo", que decía que los mimbres con que debía construirse eran los hábitos, es decir, las costumbres, las virtudes y los vicios.


"Aristóteles, después de plantear el problema, ofrece la solución. Los deseos derivan del carácter, pero el carácter deriva de nuestra acción, por ello podemos con nuestros actos cambiar el carácter, y hacia eso se encamina la educación."


Yo creo que, aunque somos bastante complejos y no puedo "reprimir" o hacer que deje de existir determinada emoción o estado de ánimo simplemente actuando como si no existiera o de forma contrapuesta a ella, sí que he probado en mis propias carnes que acostumbrándome a pasar más ratos actuando de forma positiva, acabo acostumbrada a estar más tiempo sintiéndome mejor que si simplemente me dejo llevar por mis estados negativos. Cuando uno está triste o deprimido, la tendencia es no hacer nada, quedarse dándole vueltas a los pensamientos que nos están llevando a ese estado, por ejemplo. Aunque la tristeza necesita su espacio y tampoco se trata de huir de ella, hay que ver qué proporción de nuestra vida nos ocupa. Si es mayor que para el resto de las cosas o emociones, hay que compensar la cosa un poco, a veces obligándonos a hacer alguna actividad, ver a alguien, algo que nos distraiga y nos anime, incluso que nos fuerce a salir del aislamiento.


Si todos los días como a las tres, probablemente sienta hambre a las tres o la sienta si se pasa la hora y no he comido puesto que me he acostumbrado a ello. Mi estómago está "programado" para las tres. Aunque no somos maquinitas y ya, sí que determinados procesos cerebrales podrían asemejarse a un ordenador. Si me acostumbro a sentirme bien (dándome cosas que me hagan sentir así y entrenándome para disfrutar, incluso con lo más sencillo, en lugar de lo contrario) pasando buenos ratos cada día, mi cerebro estará acostumbrado, "programado", para ello, y será mucho más conocido y fácil para él elegir vías positivas de pensamiento que me lleven a sentirme bien que mal. Eso no anula NI DEBERIA el sentirnos mal, a veces por cosas directamente observables, otras no. Las emociones nos avisan de cómo andan las cosas, y venimos equipados con todo un repertorio para usar una y otra vez.


A mí particularmente también me ayuda bastante llevar una vida más o menos sencilla, tomarme lo que se sale de lo normal como premio y tener ciertos hábitos, horarios, que sin ser inflexibles forman una estructura base. Por supuesto, cada vez que apetezca ¡a romperlos!

11/3/08

Fragmento de "Las arquitecturas del deseo" de Marina

"Analicen usteces cómo han tomado alguna decisión reciente (...). Una necesidad o un deseo se han concretado en un proyecto (...), y eso quiere decir que mediante una irrealidad podemos dirigir nuestra vida real. Entiendo por proyecto una irrealidad pensada a la que entrego el control de mi conducta. Como todos los seres vivos, el humano está lanzado hacia el futuro, llevado hacia él por el dinamismo de la vida. Puede ceder a las solicitaciones del medio o a los impulsos de sus ganas, entregándose así a un determinismo objetivo o subjetivo. Pero también puede paralizar su influjo e intentar seducirse desde lejos. La gran tarea de la inteligencia, lo que la convierte en inteligencia humana, es crear posibilidades deseables. Es su riesgo y su ventura. La realidad no nos basta. Aspiramos a la posibilidad. Necesitamos alzar las interminables arquitecturas del deseo para después habitarlas. Y eso lo hacemos gestando y gestionando la irrealidad. Gracias a los proyectos, la facticidad, la finitud del hombre es horadada por la presencia, el poder y la acción de la irrealidad, que no es un añadido fantástico, sino la suma de trayectos posibles dibujados en la realidad. No vivimos despeñándonos por el tobogán del deseo, sino aprovechando su impulso como un trampolín, y ya en vuelo, elegir la acrobacia que queramos.

Aquí va a aparecer la gran función de la inteligencia que no es alcanzar fines, sino inventar fines y, mediante ellos, encelar el deseo. Inteligencia es la capacidad de resolver ecuaciones diferenciales, desde luego, pero ante todo es la aptitud para organizar los comportamientos, descubrir valores, inventar proyectos, ,antenerlos, ser capaz de liberarnos del determinismo de la situación, solucionar problemas, plantearlos, prolongar el dinamismo de los deseos con proyectos sugestivos. Y uno de sus proyectos más ambiciosos y constantes ha sido liberarse. La libertad, que al fin y al cabo es un componente de la esencia humana, tiene la misma condición que ésta: no es un comienzo sino una tarea.

No hay proyectos desligados de la acción. Hay, por supuesto, muchas anticipaciones de sucesos futuros, como las ensoñaciones, los deseos o los planes abstractos, que son sólo, en el mejor de los casos, anteproyectos que se convertirán en proyectos cuando hayan sido aceptados y promulgados como programas vigentes. El proyecto es una acción a punto de ser emprendida, una bala en la recámara de una pistola amartillada. Una posibilidad columbrada no es proyecto hasta que se le añade una orden de marcha, aunque sea diferida. (...)

Una vez que le entregamos el control, el proyecto reorganiza toda la conducta. Es una ocurrencia que dirige la producción de ocurrencias. Y esto nos permite acceder a una libertad creadora. Crear es someter las operaciones mentales a un proyecto creador, es decir, al que amplía las expectativas del deseo de un modo nuevo y valioso. Gracias a la inteligencia, el deseo se comporta consigo mismo como lo hacía el barón de Münchhausen, que se sacó a sí mismo y a su caballo del pantano tirándose hacia arriba de la cabellera.

La libertad no es la posibilidad de hacer blanco o negro por un acto gratuito, por pura espontaneidad y sin antecedentes. No es poderme jugar a la ruleta rusa el suicidarme o sobrevivir. Eso es una estupidez, y la libertad, para ser valiosa, debe ser inteligente. La esencia de la libertad consiste en elaborar proyectos, elegir el mejor, y movilizar todas las energías personales para poder realizarlo. Para hacerlo inteligentemente, necesitamos saber cómo detectar "el proyecto mejor", y cómo aprovechar la energía de nuestros deseos, si van en esa misma dirección.

¿Y si van en dirección opuesta? ¿Y si quiero construir pero mi deseo me impulsa a destruir? Elegir es determinar qué proyecto va a dirigir mi acción. Pero ¿de dónde puedo sacar la fuerza para elegir en contra de mis deseos? (...) La libertad es el deseo que se vence a sí mismo. Spinoza decía que sólo la energía de un deseo podría limitar otro deseo. Eso funciona en muchos casos. ¿Por qué reprimo mi deseo de robar una motocicleta? Porque es más fuerte el deseo de no meterme en complicaciones o de actuar bien.

Pero la astucia de la inteligencia es más asombrosa aún. Desea controlar el propio comportamiento, desea ser libre, pero sabe hasta qué punto el mero juego de un deseo contra otro no le asegura la libertad, que no es cualquier tipo de elección, sino la elección inteligente. No ignora que puede triunfar el deseo más torpe. Por eso (...) poseemos un mecanismo de seguridad. No se basa en la energía del deseo, sino en la firmeza de un hábito contraído, de un automatismo que impone atenerse a un proyecto o a una norma. La voluntad es el hábito firme de seguir el proyecto justificado por la inteligencia. En el fondo, como señaló hace muchos años el gran psicólogo Hans Eysenck, se trata de instaurar en la mente de una persona un magnífico reflejo condicionado: 'En cada situación no voy a seguir las coacciones, los deseos, las manías, las amenazas, sino el camino que la inteligencia me dicte'. Éste es el mecanismo psicológico del deber, de la obligación. Lo que me liga a un determinado comportamiento, a pesar de que esté en contradicción con mis deseos, es la férrea eficacia de un reflejo condicionado. Pero se trata en último término del fruto de un peculiar deseo, o, más exactamente, de la hibridación de dos deseos: el de controlar la propia conducta y el de favorecer la sociabilidad, ajustando el comportamiento a normas."

6/3/08

Tortilla sin huevo


Cuando a mi tia abuela le prohibieron los huevos, se condimentaban (bastante fuerte a lo andalusí "adobao") ella y mi abuela una TORTILLA SIN HUEVO, con su colorante, su pasta de pan y su forma de tortilla.


He estado buscando una posible receta en internet pero nada, sigue sin descubrir jejeje. Se queda como secreto familiar ya que todos la hacen en plan pasta de patata o crema con garbanzos. Queda reflejado, por ejemplo, en:







Yuuupiiii

Viva tú!!!

2/3/08

Bienaventurada infidelidad




"En el siglo XXI la fidelidad tal vez no sea ya una virtud fuente de felicidad y estabilidad, sino más bien miedo a abrirse a los demás, y desautorizarse el deseo y la afirmación de sí mismo. Y la infidelidad, o la polifidelidad, se puede concebir no como ese factor que turba la paz conyugal, sino como fidelidad a uno mismo. En Bienaventurada infidelidad Paule Salomon explora, con numerosos ejemplos extraídos de su experiencia como terapeuta, ese negro y secreto continente de lo íntimo y de la pasión, del deseo y de los celos. La autora trata así de responder a los interrogantes cruciales de toda relación amorosa:


¿Es sinónimo de exclusividad sexual el hecho de vivir en pareja?


¿Es el amor monógamo?


¿Es todo compromiso sinónimo de alienación?


La fidelidad, ¿es una virtud o una necesidad de seguridad?


¿Podemos mantener varias relaciones a la vez y ser fieles a nosostros mismos?


¿Somos herederos de una concepción romántica del amor que conviene desempolvar?


Muchas infidelidades corresponden a la puesta en escena de un deseo de evolución, un deseo de salir de las propias carencias, las propias insatisfacciones y proyecciones negativas sobre la pareja. De esta obra se desprende una visión dinámica e inédita, una visión que huye de los prejuicios y de la culpabilidad y que pone claramente el acento sobre la libertad, el apego, el compartir y la conquista de sí mismo.

ENTRAR EN EL POEMA, por Francis Gracián Galbeño


Cuando me quedo sola

el alma de las cosas se despierta;

y en destellos de luz se me presentan

como en un cuadro, sus posibilidades.


Un singular peligro

tan lleno de placer que me anonada,

me ronda persistente hasta que cedo.

¡Oh, la aventura mágica de entrar en un poema

por la palabra más inadvertida!...


Voy leyendo despacio los caminos,

explorando los límites que sueñan

cumbres, llanuras, lagos, laberintos.


Alguien ha imaginado esta luz tenue,

y ha dejado una senda hecha de sueños

y una puerta escondida.


Espeleóloga es mi mente en emociones;

quiero hacer míos los ajenos mares,

y busco, subrepticia, las entradas

que prometen paisajes solitarios.


Después de que mis ojos piden paso,

y he dado la exigida contraseña

se me abre una palabra en estallidos.


Huye a mi voz la bruma,

y un sol, esquivo a otros, se me entrega.


Y ebria de luz y brisa, alegre huello

el camino infinito del poema;

y mis pies van leyendo, letra a letra

la historia que está escrita en su sendero.