5/4/08

Secuestro amigdalar




La amígdala es un centro de control emocional situado en nuestro cerebro que se encarga de disparar una serie de procesos autómaticos cuando percibimos un estímulo que nos informa de una situación de peligro.


Aproximadamente el 70% de los estímulos nos llegan a través de los ojos, le sigue el oído y luego el resto de sentidos. Normalmente esta información la recibe la región occipital que la envía a la corteza cerebral. En la corteza o córtex es donde se procesa la información y se toman las decisiones oportunas en cuanto a cómo actuar, actuar o no,... Pero si recibimos un estímulo considerado amenazante, la información es interceptada por la amígdala, con lo cual reaccionaremos involuntariamente y antes de poder pensarlo. Se dispara un protocolo de "defensa" ante esta amenaza. Segregamos mucha adrenalina, la respiración se altera, hiperventilamos, el latido cardiaco se acelera, contraemos el estómago, el hígado segrega más glucosa para poder tensar los músculos rápidamente por si hay que atacar o huir, el páncreas segregará más insulina para contrarrestar esta glucosa y volver a relajar. Reaccionamos instintivamente, es uno de los recursos de que está dotada la especie animal ante, por ejemplo, el ataque de un depredador. Es tremendamente útil en situaciones de peligro inminente, cuando no hay tiempo para pararse a pensar y tenemos que evitar, por ejemplo, un accidente. El ejemplo más utilizado: evitar un posible atropello.



El problema es que a veces recibimos mucha otra información como peligrosa para nuestra supervivencia y comenzamos el mismo proceso, sin que sea necesario, en situaciones que no comportan peligro real, por ejemplo en interacciones sociales. La educación emocional contempla este aspecto, con el fin de reeducar y que podamos dar una respuesta adecuada a cada estímulo. El proceso descrito anteriormente obliga a muchos órganos vitales a trabajar a marchas forzadas, si esto ocurre con demasiada frecuencia, se produce un desgaste. Aparte el malestar que comporta para la persona estar sometida frecuentemente a estos "sustos" y estados nerviosos. Puede suceder por problemas fisiológicos, donde la amígdala esté funcionando de forma anómala. Por mi cuenta, inserto un par de ideas más: también en épocas de estrés estamos más predispuestos a episodios de este tipo, y lo mismo para personas que tienden a percibir situaciones del entorno como amenazantes por un aprendizaje erróneo anterior. Aprender a relativizar, a relajarnos y cambiar ciertos clichés mentales, aparte de habituarse a situaciones en principio normales que se han estado viviendo con tensión es un buen programa para "dejar la amígdala en paz y que ella nos deje a nosotros". Se trata de aprender a enlentecer la respuesta para poder pensar antes de que se dispare todo este proceso.

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