27/3/08

Había otros



La primera vez que mi padre la nombró lo achaqué a su enfermedad. A veces decía cosas sin sentido, no nos reconocía o nos llamaba por otros nombres. Sin embargo, este nombre lo repetía últimamente y, a veces, me confundía a mí con la tal Valeria y mantenía pequeñas conversaciones sobre mi hermano o los cuidados del jardín. Yo soy hija única y nunca hemos tenido jardín, vivíamos en un piso pequeño del centro y, salvo unas pocas macetas a las que no hacía ni caso, ese era todo mi contacto con la vida vegetal.

Mi madre llevaba muerta cuatro años así que no tenía más fuente de información que la tía Nora, que andaba también muy mayor pero regía. El caso es que hasta Navidad no la vería, pues había un viaje de seis horas de por medio, y con la edad y el sonotone no atendía a llamadas o cartas.

Fue a finales de verano cuando, por primera vez, algo dentro mío se puso de punta al volver a hablarme como si fuera Valeria. Mi padre comenzó a despedirse, contando cosas del trabajo y usando expresiones como “ya sabes que todos los años...”. Finalmente me dijo “papá te quiere mucho, Valeria” y me puse blanca y se me descompuso el estómago. Recordé de repente una escena familiar siendo yo muy pequeña. Estábamos en el salón. Papá venía cargado de paquetes por las escaleras, al entrar en casa los echaba todos al sofá y me cogía en volandas diciéndome: “¡Ay mi niña preciosa! ¡Cuánto te he echado de menos!”. Me regaló un burrito de juguete que me acompañó hasta que mi hijo Fidel se montó encima con cinco años y se acabó el burrito. Hasta mis cuatro o cinco años, papá pasaba el verano lejos, trabajando, y regresaba en octubre cargado de regalos para mamá y para mí. Tardé en reaccionar varios días.

Lo siguiente que ocurrió fue que revolviendo fotos viejas en casa de nuestros padres apareció una carta de mi madre fechada en agosto de 1960, cuando yo tenía cuatro años. En ella le rogaba que volviera, que regresara con su familia, que pensara en mí, que ella no podía seguir viviendo sin él. Yo ya la había visto al morir mi madre, la había leído por encima y pensaba que se trataba de una disputa de pareja, una corta separación o algo así. Coincidía más o menos con la fecha en que papá dejó de irse en verano, y por primera vez me fijé en que iba dirigida a Venezuela, cuando a mí siempre me habían contado que donde estaba papá era en Suiza.

Estaba muerta de miedo sospechando que la mitad de lo que me habían contado en mi infancia era mentira, ¡que la tal Valeria debía ser en realidad mi hermana! y puede que rondara por ahí sin saber nada de mí, o sabiendo... ¿tendría más hermanos? ¿Viviría ese otro amor, quizá esposa, de mi padre? ¿Sabrían de mi existencia? ¿Querrían conocerme? ¿Querría yo o aguantaría conocerlos a ellos?

Todo esto hizo que me decidiera a ir a ver a la tía Nora. Pedí un día de vacaciones en un puente y preparé las maletas. El tren llegó puntual, y puse el pie en aquel escenario verde con pajaritos de hace veinte años. Me sentí mucho más tranquila y pensé durante unos momentos que todo había sido una especie de sueño. De camino a la casa volvió a encogérseme el estómago y volví a la realidad. Algunos vecinos me saludaron al ver que me dirigía a casa de Nora, me escabullí como pude de las preguntas engorrosas y en media hora más ya estaba instalada tomando el té con la hermana mayor de mi padre.

Nora vivía hace años en la planta baja de la casa, y durante el día venía a ayudarla una chica llamada Susana, que le traía la compra, cocinaba, limpiaba y la acompañaba.

Siempre fue muy intuitiva, y nada más revolver su té, levantó la vista y me dijo: Tú quieres preguntarme por tu padre, ¿verdad? Yo sonreí aliviada porque, la verdad, no tenía ni idea de por dónde enfocar el tema. Nora comenzó a explicar que cuando papá era novio de mamá viajó a Venezuela buscando fortuna convencido por dos amigos perdidos en ensoñaciones sobre fortunas y empresas. No hubo ni las unas ni las otras, pero se enamoró de una buena mujer que lo ayudó allá cuando se vio tirado en la calle prácticamente. Se llamaba Rema. No se atrevió a confesárselo a mi madre, que no supo nada de él en varios meses y, finalmente, pidió ayuda y dinero a Nora para volver. Una vez se hubo instalado aquí de nuevo y conseguido un empleo gracias al que se convirtió en su suegro, recibió noticias de Rema: había dado a luz un hijo al que había puesto Francisco, su nombre. Mi padre se volvió loco de ilusión, según Nora, así que arguyó que le habían ofrecido una oferta interesante en Suiza y que iría al mes siguiente, en junio. Nora lo ayudó en todo momento, cubriéndolo ante mi madre y a veces prestándole grandes sumas. También era la depositaria de la correspondencia de este amor furtivo. Yo lloraba a pesar de la delicadeza no exenta de franqueza de Nora. Sencillamente, las cosas eran como eran. Al siguiente año Rema dio a luz una niña: Valeria. Faltaban tres años para mi nacimiento. Sin embargo, mi padre volvía religiosamente todos los octubres y permanecía con nosotras hasta junio, mes en que se iba a “Suiza”.

Cuando yo nazco mi padre se vuelve loco de alegría, me ponen el nombre de su madre: Irene. Mi madre comienza a sospechar algo pero en junio, invariablemente, mi padre se va. Durante dos años ocupo todo el universo de mi madre, que olvida sus temores. Además la empresa va mal y hay demasiadas preocupaciones para hacer sitio a la desconfianza. Mi abuelo y presidente de la empresa sufre un infarto y mi padre es llamado a sustituirlo. Ya he cumplido cuatro años y papá deja de acudir a su cita anual en Venezuela, junto a su segunda - ¿o primera? - familia. Si lo hace por la carta de mi madre o por su nuevo cargo que le exige residencia fija en España y todo su tiempo a partir de ese momento no lo sé.

Se convirtió en un hombre taciturno, siempre ocupado, distante, no volvió a ser lo mismo. Nunca estuvo a gusto ocupando aquel alto cargo, pero asumió su responsabilidad hasta el final. Mamá, que había trabajado unos años durante el bache, se quedó en casa. Y pasan los años...

Le pregunto a Nora por Francisco y Valeria. Valeria es mi hermanastra mayor. Es impactante, siempre creí ser hija única. Estoy un poco dolida, celosa. Me duele por mamá, que finalmente descubre a esa otra familia y calla toda su vida, y por habernos dejado solas los veranos. Pero también siento curiosidad por ellos, y un cierto respeto hacia ese otro amor de mi padre, al sentimiento en sí.

Francisco ha muerto hace varios años en un accidente de tráfico, me comenta Nora. Valeria sigue manteniendo correspondencia con ella, ya que Rema está demasiado mayor. Nunca se casó, nunca volvió a convivir con otro hombre. Estaba, al parecer, muy enamorada de mi padre. Él siempre envió dinero y cartas, pero eso fue todo durante muchos años.

Paso buenos ratos en el jardín de Nora, nunca había estado aquí. Normalmente nos reunimos en Navidad en casa de su hijo Arturo en la capital. Hace unos veinte años hice una visita corta y eso fue todo. Eran días difíciles, Teo y yo estuvimos a punto de separarnos y vine a pensar unos días. Nora fue muy buena consejera, sin inmiscuirse demasiado. Ahora volvía a sentarme a la sombra de su jardín.

Al despedirme, Nora deslizó un sobre en mi mano: “La dirección de Valeria”, me dijo, “por si quieres hablar con ella algún día”.

Ahora llevo ya una semana en casa, dando vueltas al papelito. No he abierto el sobre, supongo que será una dirección de Venezuela, donde vivirán Valeria y Rema. ¿Para qué? Yo no voy a ir hasta Venezuela ¿a qué? ¿a pasarlo mal? Blegh. ¿Qué nos vamos a contar? A lo mejor me odia por haber apartado de ella a su padre, yo no sé qué siento por haber apartado a mi padre de nosotras. Pero sigo dando vueltas al sobrecito por las noches, cuando tomo mi último descafeinado, justo antes de subir a dormir mientras Teo termina sus interminables investigaciones sobre la dieta ortomolecular. Está preparando otro artículo para su revista. Apagaré la luz de mi mesita y él leerá sigilosamente media hora más, justo media hora. Después apagará la luz, se dará media vuelta, dejará sus libros en el suelo y se dormirá. A veces quisiera que hiciera ruido, se le cayera un libro o se echara un pedo.

Por las mañanas vuelvo a despertarme sintiendo una enorme curiosidad...

7 comentarios:

Tausiet dijo...

El infiernillo son los otretes

Silvia dijo...

El infiernillo y el cielillo, las más de las veces, están dentro de nosoootroooos. Uuuuuh.

Besos.

Teresa dijo...

ayyyyy eres como un pistoletazo de salida jajaja, en el buen sentido eh?

un beso grande guapa, este lunes sí o sí vale?

Ladrón de Orquideas dijo...

Muy bonito texto. Lo has escrito tú imagino. Yo también escribo aunque ahora historias para el cine.

Visitáme y me cuentas.
Saludos!!!

Manuel Amaro dijo...

Una historia tierna y dura a la vez. Muy real esa parte en la que se siente mal pero intenta comprender la postura del padre.
Te he leído.
;)

Silvia dijo...

Gracias, Manuel. :)

Manuel Amaro dijo...

¿Gracias?
A ti, fue un placer leerte.
Tu técnica es buena, y la historia atrae. Es todo lo que se le puede pedir a un relato corto. No se pretende revolucionar la literatura, es imposible con historias breves. Tan sólo hay que entretener, y hacerlo de forma correcta.
Te felicito.