30/11/07

Si Ahmed llega...


Poema de Francis Gracián Galbeño (madre de Silvia), de 2006, leído en La Casa de El Hierro (09-03-07), Radio Guiniguada el día de Palestina en 2007 y Patio de las Culturas (22-09-07).



Vio por primera vez la luz del día

en la arena más cálida,

en el sendero más desconocido

de una aldea olvidada;

teniendo por paredes, ramas secas,

y por techo, manojos de hojarasca.


Ahmed creció ignorando que su tierra

otros pueblos tenían esquilmada,

y no sabía leer en otros ojos

el hambre, la amargura, ni la rabia...


Él se sentía príncipe

de sus dunas peladas,

de sus cuatro famélicos corderos,

del árbol que sus noches cobijaba.



África dio la vida al primer hombre;

y esa deuda hubo quien la olvidaba,

robando a sus hermanos de piel negra

la tierra que su vida sustentaba.

Para acallar conciencias

justificó fronteras, mares, vallas;

"Los africanos quédense en sus pueblos,

ya no nos hacen falta;

consiguió su riqueza el hombre blanco

civilizando África.

Y debieran pagarnos con olvido,

quedándose en su tierra requemada."


En su lejana aldea,

Ahmed creció con la barriga hinchada;

y escuchaba al ocaso las historias,

por los viejos contadas,

de heroicos hombres con la tez tan negra

como la faz de la desesperanza;

y oyó también de algunos que se fueron

en alguna brumosa madrugada;

y llegaron al mar y lo cruzaron:

¡milagros de la fe, con cuatro tablas!

Y al cabo, su familia salir pudo

del hambre que, de antigua, es puro atávica.


Y Ahmed, oyéndolo,

en las noches soñaba,

junto al árbol que siempre

bajo lunas de plata,

abrazó con amor sus infantiles

juegos que entre sus hojas se alfombraban...


El árbol amoroso,

le regaló en secreto veinte ramas;

y a la orilla del mar, entre las dunas,

para él tornó su corazón en barca;

escribiendo entre lianas que se anudan,

venturas que tal vez lleguen mañana...


El susurro del mar canta su paso,

la sal y el miedo tiñen su mirada,

se aleja su niñez; quedó en la orilla,

donde late la débil esperanza.


Si Ahmed llega, qué dicha para el árbol;

aunque muera en la playa,

podrida por el mar y el sol de Europa,

su alma simple de barca.


Y si no lo consigue, se irán juntos

a dormir bajo el agua;

y acunará al chiquillo con ternura,

cantándole una nana.

Y tapará sus ojos, que no vea

qué mundo vive más allá de África.