9/10/07

El gen Loreta (relato corto de hace aaaños)

EL GEN LORETA

19 de mayo de 2005

“Colegas médicos, investigadores, representantes de los medios de comunicación. Esta tarde nos hemos reunido aquí para hacer público nuestro más reciente y prometedor descubrimiento. Como adelantábamos en las ponencias del pasado marzo, trabajábamos sobre lo que hace años era tan sólo una quimera. Señores, hoy es una realidad. Enfermedades degenerativas que hasta ahora eran incurables como la esclerosis múltiple, el Parkinson o el Alzheimer pueden comenzar a ser sanados. Gracias a la labor investigativa comenzada por el Dr. César Maldonado…” – Víctor García se queda pensativo por un momento, catapultándose sin querer a los años pasados. Recuerda a César, a Loreta, recuerda aquel trágico día.

2 de febrero de 2002

La galería blanca conduce al laberinto de laboratorios. Toda el ala este del Centro de Investigación Genética está siendo clausurada tras la reciente entrada en vigor de la normativa que prohíbe expresamente la experimentación con embriones humanos. En el laboratorio B-26 se lleva a cabo un intenso trabajo, cuya existencia la Administración todavía desconoce.

El Doctor César Maldonado teclea su código secreto en el panel de acceso. Las puertas blindadas dejan paso a un gran laboratorio en el que quedan siete personas entregadas frenéticamente a su trabajo. Transportan probetas, observan cultivos y simulaciones por ordenador, etc. Víctor, el coordinador y segundo de César, ya se acerca con expresión grave a reportar informes.

- Todavía nada, César – dice tendiéndole los últimos resultados.
- Anoche estabas tan cerca...
- Lo sé, pero lo que al principio fue una mejoría se detuvo y comenzó de nuevo a degradarse. El resultado a las ocho horas era peor que el estado inicial. Hemos vuelto al principio.
Maldonado observa los informes, recorre las mesas supervisando todos los pasos de la cadena e intercambia información con los analistas, biólogos y programadores que componen su reducido equipo.
- Está empeorando. No tenemos mucho tiempo. El respirador no podrá retrasarlo mucho más.
- César, hacemos cuanto podemos. Además, nos estamos arriesgando mucho. El equipo está nervioso. No tardarán en descubrir todo esto. Hablan de abandonar si en cuarenta y ocho horas no lo hemos logrado.
- ¡No! Eso no es posible. ¡No es sólo por ella! Son demasiadas personas, demasiados trastornos que… ¡maldita ley! ¡Hay que encontrarlo como sea! – Maldonado da media vuelta para regresar a su Departamento de cirugía, en la otra ala del hospital.
Víctor devuelve una mirada cómplice a su equipo, intentando sosegarlos de algún modo. “48 horas”, piensa.

Condujo velozmente a través de las enormes verjas negras que delimitaban el acceso a su finca. El ruido de la grava anunció su llegada. Frenó bruscamente ante la puerta de entrada y cedió su BMW a Adrián, que se dispuso a aparcarlo en la cochera. Franqueó la entrada angustiado y subió de dos en dos los escalones de mármol. Desde el pasillo pudo percibir, primero débilmente, con más claridad después, el rítmico pitido procedente del respirador, y suspiró de alivio.
- Dr. Maldonado, la crisis ha remitido. Se ha estabilizado. – El uniformado enfermero supervisaba tubos y vías que entraban y salían de aquel pequeño cuerpecito. El Dr. lo apartó volviendo a cerciorarse él mismo de que todo iba bien.
- Retírese
- Sí, señor.
- Loreta, cariño. Ya estoy aquí, ya ha pasado todo. – César acarició la blanca carita y apartó los cabellos castaños. Tomó la mano de su hija y se sentó junto a ella, como siempre hacía.

Cierra los ojos y ve el rostro de Carla con claridad, a pesar del tiempo que ha pasado. Ojos grandes y castaños, labios gruesos. La expresión triste, siempre tuvo algo de atormentada. La primera vez que la vio cerca de Piazza España, en Roma, le sonrió y se dio la vuelta, dejando tras de sí el rastro de su melena larga y castaña. Él la siguió y a las pocas horas recorrían la ciudad juntos. Luego llegó Capri. A los diez días celebraban una boda íntima, impulsiva, romántica, precipitada, apasionada… como era Carla. Al volver a España, Carla comenzó a sufrir crisis; unos días bien y vuelta al pozo. Histeria, depresión, pesadillas. César intentó ayudarla por todos los medios que conocía, pero ella al poco tiempo abandonaba. Luego comenzó a escaparse y, meses más tarde, había comenzado a consumir heroína. La noticia del embarazo ayudó al principio a calmar las cosas, aceptó rehabilitarse y todo pareció mejorar un tiempo. Pero los demonios de Carla no desaparecieron tan fácilmente, y se la llevaron lejos, por mucho tiempo, sin que nadie supiera de ella. César vivía un infierno, sin saber si estaría viva o muerta, preocupado por la criatura que crecía dentro de Carla en esas condiciones. Poco antes del final del embarazo se presentó en casa de su marido por su propio pie, después de fugarse de un centro de rehabilitación. Era imposible saber por qué cosas habría pasado, César le dio alojamiento y descanso. Tras el parto volvió a desaparecer y esta vez nadie se molestó en buscarla.

Loreta presentó graves disfunciones desde su nacimiento. Los diagnósticos variaron desde síndrome de abstinencia hasta autismo, pasando por lesiones cerebrales irreversibles además de serios daños en algunos órganos vitales y en su sistema nervioso. Ningún médico quería pronunciarse en cuanto a su tratamiento o sus esperanzas de vida, fue desahuciada desde el principio. César la sacó del hospital tras intentarlo todo e instaló su propia unidad de cuidados intensivos en casa. Después contactó con todas aquellas personas que pudieran ayudar en la forma que fuera. Helen, investigadora londinense, se prestó a estudiar el caso y se trasladó unos meses a España a fin de iniciar su labor de investigación. Ahí empezó el proyecto no sólo Loreta, sino para un amplio abanico de trastornos degenerativos incurables que aquejaban a numerosas personas por todo el planeta. Helen llevaba tiempo con la investigación de células madre y su posibilidad de implante en zonas lesionadas, para volver a reestructurarlas. Estaba especializada en Parkinson, estimulando células madre de ratones implantadas en zonas cerebrales dañadas en ratones enfermos para que produjesen dopamina, obteniendo buenos resultados.

A los dos meses de trabajar conjuntamente con Loreta determinó que la causa principal del trastorno que aquejaba a la niña pudo ser el consumo por parte de la madre de ATMT, una sustancia que se presenta en heroína mal preparada y que a menudo se ha relacionado con cuadros sintomáticos muy similares al Parkinson. En estos casos se presentaba estado de catatonia, pero el cerebro no estaba dañado definitivamente. A pesar de eso, no se había podido hacer recobrar la conciencia a estas personas de manera permanente. El cerebro de Loreta sí presentaba lesiones, pero era imposible determinar qué funciones volvería a realizar normalmente y de cuáles se vería privada, en caso de poder traerla de vuelta.

Pronto la niña empezó a presentar crisis y hubo que asistirla casi continuamente, en espera del preciado descubrimiento, aún por desvelarse. Con la presión de los grupos antiabortistas y otros grupos políticos y religiosos se reguló la investigación genética, restringiéndose seriamente los canales de investigación seguidos por la Dra. Helen. Le fue suspendida su beca de investigación y tuvo que volver a Londres. “Déjela descansar” le había dicho ella entonces.
¡No! ¡No! Era todo lo que podía hacer por Loreta, por Carla. Soñaba con encontrar un remedio, una cura que devolviera a su hija a una vida normal que, en realidad, nunca había conocido. Era incapaz de aceptar los hechos: Loreta nunca podría recuperarse totalmente, puede que ni siquiera en parte. Y el único remedio posible para intentarlo ahora pasaba por violar la ley y exponerse a la cárcel y a la pérdida de su carrera.

Han pasado dos días desde el aviso de Víctor y el equipo. Maldonado deja a Loreta al cuidado de la enfermera para atender la llamada telefónica.
- Ya no podemos seguir con esto, es peligroso. Nos jugamos mucho, tienes que entenderlo, César. – la voz de Víctor tiembla al otro lado del cable.
- No consentiré que cese la investigación, nos queda tan poco. Y a ella también.
- Escucha, sé lo importante que es para ti, pero no podemos ir todos a la cárcel. Tenemos familia, una vida. Además están las implicaciones morales, el equipo ya no está de acuerdo en continuar con esto. – la pausa parece eterna. – Creo que ha llegado la hora de despedirse, César.
- ¡No vuelvas a decir eso! ¡No me despediré de ella! – cuelga el teléfono rabioso y sale con el coche a toda prisa.

Cuando llega al laboratorio sólo queda Víctor, que guarda las últimas muestras en la cámara de congelación.

- ¡César! No puedo dejar que te los lleves
- Sólo te lo diré una vez. Suéltalos y no te pongas en mi camino
- Sé razonable
- Escucha – interrumpe Maldonado – Estamos muy cerca. Si tan sólo hubieran tardado unos meses más en aprobar esa estúpida ley Loreta estaría curada.
- Loreta no puede curarse, y creo que tú lo sabes. Todos hacemos esto por un bien mayor, buscamos una cura para muchas enfermedades y para muchas personas. Helen también lo quería así, pero para tu hija ya es tarde.
- No puedo aceptar eso – las lágrimas asomaron a los ojos del Dr. Maldonado. Se las enjugó con afectación y, apartando a Víctor, recuperó las muestras de embriones, las metió en una nevera portátil y se fue a casa.

Horas más tarde, César sigue trabajando afanosamente en su laboratorio privado, junto al dormitorio de Loreta. Ha conseguido aislar el gen manipulado por el equipo de uno de los embriones. Si consigue combinarlo con una cadena de ADN de la sangre de la niña y se produce el efecto perseguido, podrá empezar a invertir el proceso degenerativo que la aqueja. Además, ha preparado células madre de otros embriones sanos para inocularlos en zonas lesionadas que deben regenerarse para el correcto funcionamiento del proceso. Puede llevarle muchas horas completarlo sin ayuda. No tiene tiempo para más experimentos, debe aplicárselo ya a la niña.

Ha preparado un inyectable en el que van todas sus esperanzas. No puede prolongarlo más, sabe que en cualquier momento acudirán a detenerlo. Víctor ya habrá dado la alarma. Debe correr el riesgo si quiere, al menos, intentarlo. Recuerda la conversación telefónica mantenida con su camarada hace tan sólo unos minutos:
- ¿Qué vas a hacer?
- Me da igual ir a la cárcel, Víctor. No puedo pensar en otra cosa, no puedo dormir, no puedo hacer nada. Quiero descansar y esto es algo que he de hacer. Creo que ya no lo hago por ella, sino por mí – solloza
- No digas eso. Sé como la quieres
- Entiendo… entiendo que pactes para salvar tu carrera. Gracias por avisarme.
- Suerte, César
- Suerte

Se acerca a la cama con la inyección y empiezan a sonar las sirenas aproximándose por el camino a la entrada.
- Loreta, Loreta – llora junto a ella. La abraza
Con la mano izquierda sujeta la jeringuilla, la derecha la apoya sobre el botón que desconecta el respirador.
- Loreta, esto es lo mejor que puedo hacer por ti.
- ¡Alto, deténgase, policía! – cuatro hombres armados, Víctor y un grupo médico irrumpen en la habitación.

César Maldonado es conducido en coche a la comisaría, la prensa se amontona fuera, al acecho. Cuando están a punto de separarse, Víctor le pregunta:
- Dime, ¿ibas a inyectárselo o a desconectarla?

19 de mayo de 2005

Víctor siente pesar, y a la vez, orgullo de poder dar este homenaje a César y Loreta, al valioso trabajo que, a pesar de todo, puso en marcha su amigo y colega.
“…Aislado este gen y modificándolo según el procedimiento que se describirá minuciosamente a lo largo del próximo simposio, no se alteran de forma importante genes que actúen de forma secundaria en otras características que afecten al individuo. Hoy se han conseguido eliminar prácticamente todos los efectos colaterales de importancia del tratamiento y podemos decir que el éxito está garantizado en un 93% de los casos. Además, el procedimiento utilizado por César Maldonado ha supuesto un gran avance en las vías de experimentación con células madre adultas, lo que hasta entonces estaba todavía a años de luz de poder utilizarse. Gracias a los embriones encontrados en el laboratorio privado de César, que fueron congelados hasta la revisión de la normativa aplicable a estos casos, hoy día podemos decir que serias enfermedades como son Parkinson, Alzheimer, esclerosis, e incluso cáncer y diabetes están en vías de dejar de ser incurables o mortales. Por esto dedicamos esta placa conmemorativa que ahora descubro a lo que hemos denominado Gen Loreta."

1 comentario:

Sinrof dijo...

Una historia al más puro estilo Robin Cook. Bien trazada, con flashbacks en los momentos oportunos y con final abierto al deseo del lector. Quizá yo quitaría lo de que Víctor llame a la policía.

http://elcowboyurbano.blogspot.com/

un saludo