13/9/07

Isadora Duncan cuenta...


...en su libro "Mi vida" el siguiente texto:


El poder de la orquesta


Yo me sentía orgullosísima de viajar con una orquesta de ochenta profesores, dirigidos por el gran Walter Damrosch. Aquella gira obtuvo éxitos clamorosos. Era tal mi simpatía hacia Damrosch que, mientras bailaba en medio del escenario, me sentía unida por todas las fibras de mi cuerpo a la orquesta y a su gran director.


¿Cómo podría describir la alegría de bailar con aquella orquesta? Ahí está ante mí. Damrosch levanta su batuta. La miro, y a la primera nota surge en mí la sinfonía de todos los instrumentos combinados en uno solo. Un fluido poderoso se eleva hacia mí y me convierte en una médium que expresa la alegría de Brunilda despertada por Sigfrido, o el alma de Iseo que busca su triunfo en la muerte.


Voluminosos, amplios, hinchados como velas al viento, los movimientos de mi danza me arrastran hacia delante - hacia delante y hacia arriba -, y siento en mí la presencia de un poder supremo que escucha la música y la difunde por todo mi cuerpo, buscando una salida y una explosión. A menudo, este poder brotaba con furia, otras veces bramaba y me golpeaba hasta que mi corazón se encendía de pasión, haciéndome pensar que habían llegado mis últimos momentos de vida. Con frecuencia me acariciaba tristemente, y yo sentía de súbito una angustia tal que alzaba al cielo los brazos e imploraba ayuda de donde la ayuda no puede venir. Pensaba a menudo que era un error calificarme de bailarina. Yo era más bien un centro magnético que reunía las expresiones emotivas de la orquesta. De mi alma brotaban rayos ardientes que me enlazaban con la orquesta vibrante.